jueves, 31 de julio de 2014

DÍAS DE RADIO - "GUERRA DE LOS MUNDOS" de H.G. Wells (30 de Octubre de 1938, CBS Radio) por Orson Welles





EL PODER DE LA SUGESTIÓN





Hoy día resulta impensable concebir que un fenómeno tan extraordinario como el que aconteció un 30 de octubre de 1938 pudiera volver a suceder. Alrededor de las ocho de la tarde, el Estudio Uno de la Columbia Broadcasting en Nueva York se convertía en el escenario donde Welles iba a interpretar, acompañado de la compañía teatral Mercury que el mismo dirigía, la novela del escritor británico H.G. Wells, «La guerra de los mundos»

La gestación del mito

Welles, que tenía entonces 23 años, quería trasladar la acción de Reino Unido a Estados Unidos para hacerla más creíble para sus oyentes; pero quien decidió el lugar del comienzo de la invasión fue Koch. Cuando el lunes anterior a la emisión regresaba en su coche de un día libre, compró un mapa en una gasolinera de Nueva Jersey para elegir el sitio del desembarco alienígena. “De vuelta a Nueva York, comencé a trabajar, extendí el mapa, cerré los ojos y dejé caer mi pluma sobre un punto. Había caído en Grover’s Mill. Me gustaba cómo sonaba, tenía gancho. Además, estaba cerca de Princeton, donde, lógicamente, podría introducir en el observatorio al astrónomo profesor Pierson, que se convirtió en personaje principal de la historia”, recordaba en 1970. 

Y empezó a escribir, compulsivamente. Houseman y Welles consideraban que “dormir era un lujo”, y las revisiones y cambios de guión eran siempre constantes de lunes a sábado, para desesperación de Koch y su mecanógrafa. En este caso, también. Fueron seis días de pesadilla. No paraban de reescribirse escenas y llegó a cundir el desánimo en el equipo. “Estos marcianos son un sinsentido. ¡Es todo demasiado estúpido! ¡Vamos a quedar como idiotas, absolutamente idiotas!”, sentenció en un momento determinado la secretaria del grupo. No fue así.

Poco después de las 20 horas, Orson Welles encaró el micrófono del estudio de la CBS y dijo:

“Hoy sabemos que, en los primeros años del siglo XX, nuestro mundo estaba siendo observado por unos seres más inteligentes que el hombre y, sin embargo, igual de letales. Sabemos también que, mientras los humanos se entregaban a sus afanes cotidianos, esos seres los escrutaban y estudiaban con la precisión de un científico que examina en su microscopio a las fugaces criaturas que proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia iban y venían los hombres, ocupándose de sus insignificantes asuntos, confiados y seguros de su dominio sobre este pequeño fragmento giratorio del Sistema Solar que, por casualidad o designio, habían heredado de los oscuros misterios del tiempo y el espacio. Sin embargo, más allá del abismo sideral, unas mentes que son a las nuestras lo que éstas a las de los animales salvajes, inmensas inteligencias frías e implacables, miraban hacia la Tierra con ojos envidiosos y lenta, pero implacablemente, trazaban planes de conquista. En el año trigésimo noveno del siglo XX sobrevino la gran desilusión…”.

Todavía impresiona escuchar esa introducción, basada en el extraordinario arranque de la novela original.  Lo que siguió, en 151 emisoras de todo el país afiliadas a la CBS, fue un programa musical que se interrumpía para informar de una invasión marciana, presentar entrevistas a científicos, que entrara en antena un reportero desde el campo de batalla, que el secretario de Estado de Interior hablara de “la gravedad de la situación que atraviesa el país”, que los militares anunciaran que se imponía la ley marcial, la transmisión de un ataque con bombarderos… y la derrota final de los invasores. Todo era ficción, como se advirtió cuatro veces durante la emisión -una al inicio, otra al final y dos en el intermedio-, pero muchos oyentes creyeron estar ante un auténtico ataque alienígena. “En el curso de 45 minutos en tiempo real -diferente del tiempo subjetivo o de ficción-, los invasores marcianos fueron, presumiblemente, capaces de despegar de su planeta, aterrizar en la Tierra, colocar su máquinas destructivas, derrotar a nuestro ejército, interrumpir las comunicaciones, desmoralizar a la población y ocupar secciones enteras del país. ¡En 45 minutos!”, señala Koch en La emisión del pánico.

La hora fatal, día D
 
Tan solo unos meses después de que la popular emisora CBS le ofreciera llevar a cabo un programa semanal basado en la dramatización de obras literarias, Welles lograba dejar los 59 minutos de radio más famosos de la historia. En un contexto marcado por la Gran Depresión, el locutor norteamericano pensó que tal adaptación contada en forma de noticiario de última hora calaría en el seno de la audiencia. Y vaya si lo hizo. A pesar de que «la Columbia Broadcasting System (C.B.S.) y sus estaciones asociadas» habían presentando al inicio del programa tanto a Orson Welles como al Mercury Theatre en la adaptación de «La guerra de los mundos» de H. G. Wells, muchos radioyentes sintonizaron más tarde la emisión o, simplemente, no prestaron la suficiente atención a una simple introducción de lo que parecía un programa cualquiera.
Así, en plena víspera de Halloween, tan solo tuvo que prender la mecha con un comienzo espeluznante: «Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de baile para comunicarles una noticia de último minuto procedente de la agencia Intercontinental Radio. El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago reporta que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez... Continuaremos informando». Welles interpretaba al profesor Pierson, el científico que era entrevistado para explicar lo ocurrido, mientras que un actor interpretaba al periodista Carl Philips, que desde Grovers Mill, Nueva Jersey, relataba los acontecimientos.

La invasión marciana era ficticia, pero el pánico que sintieron muchos radioyentes fue más que real. Tras el primer corte y para darle aún mayor veracidad a la noticia, Welles retomaba la supuesta emisión de una orquesta desde el Hotel Meridian Plaza para volver a parar a medida que la ficticia invasión extraterrestre se iba desarrollando, «damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte...»

La CBS envía su mejor reportero, Carl Phillips, a hablar con el reconocido astrónomo Richard Pierson para obtener una opinión autorizada del fenómeno... pero, en medio de la entrevista, comienzan a surgir informes sobre la caída de numerosos meteoritos cerca de Grover Mill, en las inmediaciones de la universidad de Princeton donde ambos se encuentran. En cuestión de minutos el periodista y el científico se trasladan a la zona, sólo para descubrir que los meteoritos en realidad son gigantescos cilindros metálicos que albergan enormes máquinas de guerra provenientes de Marte, las cuales surgen de su interior y comienzan a aniquilar a todas las personas cercanas al lugar. 

Las interrupciones eran cada vez más frecuentes y con un mayor tono de alarmismo, como prueba la secuencia del personaje Carl Philips desde Grovers Mill, en el Estado de Nueva Jersey, donde supuestamente se estaba sucediendo el aterrizaje: «Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado... ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien... o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos... ¿Son ojos? Puede que sean una cara. Puede que sea...»

La CBS logra montar un vasto operativo informativo, con enlaces directos a las tropas que libran batalla contra los marcianos en Grover Mill, mientras intentan dar con el paradero de Pierson, el cual parece tener una teoría acerca de los invasores. Pero los trípodes marcianos son imparables y dejan un sendero de destrucción y muerte a su paso, claras señales de que la era del hombre sobre la faz de la Tierra ha llegado a su fin. 

Al día siguiente, el titular principal de la portada de The New York Times decía: 

“Radioyentes aterrorizados toman una obra de teatro bélica como algo real”. El diario destacaba que mucha gente había intentado huir del gas marciano, y que la emisora de radio y la Policía se habían visto desbordadas por las llamadas telefónicas. Y el guionista no se había enterado de nada. Tras escuchar el programa, Koch se metió en la cama y se durmió. A la mañana siguiente, iba a cortarse el pelo cuando empezó a sospechar que algo había pasado aquella noche. “Escuché [por la calle] trozos de conversaciones ominosas con palabras como invasión y pánico, y llegué a la conclusión de que Hitler había invadido algún nuevo territorio y de que la guerra que todos temíamos había finalmente estallado”.

La repercusión en los medios

La repercusión social del radiodrama llevó a Koch, como a Welles y el Mercury Theatre, a Hollywood. Firmó un contrato de siete años con la Warner Brothers y empezó por intervenir en los guiones de El halcón del mar (1940), La carta (1940) y El sargento York (1941). Pasó un tiempo hasta que en el estudio vieron qué podían hacer con él, un tipo identificado con los marcianos y su rayo de la muerte. “Finalmente, heredé algunas escenas y fragmentos de diálogos abandonados por dos escritores anteriores. Me pidieron que construyera una historia incorporando estos fragmentos para una producción cuyo comienzo estaba programado para dentro de dos meses. Con la cámara pisándome los talones, comencé a escribir desesperadamente, con la única y vaga noción de cuál era el orden de cada escena, deseando que una condujera a otra, y a otra y a otra, y que la suma total, si vivía para entonces, equivaliera a una película que no fuera tan mala como para dar por finalizada mi breve carrera en Hollywood”. Volvió a obrarse el milagro, “como en el caso del programa de los marcianos”. La película fue un éxito. Y en 1943 Koch ganó, junto a Philip y Julius J. Epstein, el Oscar al mejor guión adaptado por Casablanca.

Tras la Segunda Guerra Mundial, le echaron de la Warner por comunista, entró en la lista negra de Hollywood y, en 1951, tuvo que exiliarse a Reino Unido, donde permaneció cinco años. A su vuelta a EE UU, Koch siguió firmando guiones, incluido el de The night that panicked America (La noche que aterrorizó a Estados Unidos), un telefilme que recrea la histórica sesión de radioteatro y cómo reaccionó parte del público. La ABC lo emitió el 31 de octubre de 1975, y TVE lo hizo en España años después. A pesar de algunas licencias -Koch elige el lugar del aterrizaje marciano lanzando un dardo a un mapa-, es una notable recreación de los hechos, con Paul Shenar como Orson Welles y Joshua Bryant como Howard Koch. 


Existe, además, una interesante sesión de teatro televisivo de 1957 que también revive aquella noche. Se titula The night America trembled (La noche que Estados Unidos tembló) y cuenta con el periodista televisivo Edward Morrow como narrador. La emitió la CBS el 9 de septiembre de 1957, dentro de su serie Studio One. Fiel a la emisión original, sin embargo, no cita ni una sola vez ni a Welles ni a ningún miembro de su equipo. El personaje del director lo interpreta Robert Blackburn y en el reparto figuran, entre otros, Ed Asner, James Coburn y un jovencísimo Warren Beatty.
 




Sociedad americana, psicosis colectiva...o no?



Las anécdotas se multiplicaron a lo largo y ancho del país; la Policía no daba abasto en la Gran Manzana y otros sitios para atender las llamadas de ciudadanos aterrorizados, multiplicando a niveles impredecibles la psicosis general.


Mucho se ha escrito sobre lo que supuso la emisión de La guerra de los mundos, que demostró que había gente dispuesta a creer que podían invadirnos seres de otros planetas ya en 1938, nueve años antes de la visión de los primeros platillos volantes y doce antes de que el mayor Donald E. Keyhoe dijera que procedían de otros mundos. La idea de que se desató el pánico generalizado es, no obstante, un mito. Se cimenta en los resultados de un estudio del sociólogo Hadley Cantril, de la Universidad de Princeton, basado en entrevistas a sólo 135 personas. En su libro La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico (1940), Cantril concluyó que 1,2 millones de personas vivieron el ataque alienígena como real. No fue así.


Fue el trabajo de Cantril el que creó el mito de que la sesión de radioteatro había sembrado el terror en las calles estadounidenses. “Existe un creciente consenso entre los sociólogos acerca de que la extensión del pánico, tal como la describió Cantril, fue enormemente exagerada”, sentenciaba el sociólogo Robert Bartholomew sesenta años después de los hechos. Admitía, sin embargo, que “hay pocas dudas de que muchos estadounidenses resultaron verdaderamente asustados”, posiblemente decenas de miles en Nueva Jersey y Nueva York. No hubo ningún muerto y es muy probable, a juicio de Bartholomew y Radford, que los periódicos no fueran inocentes al extender la idea del pánico. En aquel entonces, la Prensa veía en la radio a una amenaza a su supervivencia y se lanzó a atacarla tras la emisión de Welles. Algo parecido a lo que pasa hoy en día con Internet y los nuevos sistemas de comunicación, que algunos medios se esfuerzan en presentar como las fuentes de todo mal.


Pero ¿por qué hubo tanta gente que se asustó y tomó por real lo que no era sino una sesión de radioteatro? Seguramente, por una conjunción de factores: el formato del programa, la credibilidad que ya había alcanzado la radio como difusora de noticias, el uso de escenarios reales, la inestabilidad internacional -estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial-, la sintonización tardía… Todo eso ayudó a que decenas de miles de personas creyeran genuinamente, en algún momento, que los marcianos invadían la Tierra; pero la clave fue lo que apunta Koch en la última frase de su libro -con la que arrancan estas líneas-:la falta de espíritu crítico.


Howard Koch, el arquitecto detrás de la puesta en escena

Koch fue el autor de la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells, el clásico de los ataques extraterrestres de 1898. Abogado de formación, había empezado a escribir teatro por afición y, en 1929, había estrenado en Broadway su primera obra, Great Scott! (¡El gran Scott!). Fracasó, como en 1933 su segunda pieza. Pero el éxito le llegó en 1937, en Chicago, con The lonely man (El hombre solitario) y, poco después, firmaba un contrato de 75 dólares por 60 páginas de guión semanal para el equipo de Orson Welles en la CBS. Era su primer trabajo profesional. “Fue una experiencia que duró seis meses y que no me habría perdido… ni quisiera repetir”, recuerda.

Después de dieciséis radiodramas, en la última semana de octubre de 1938, se enfrentó a un reto que estuvo a punto de desbordarle. Welles y el actor John Houseman le encargaron “un guión en forma de boletines de noticias” basado en La guerra de los mundos. Tras leer la novela, Koch se dio cuenta de que “no podría utilizar prácticamente nada, a excepción de la idea del autor sobre una invasión de marcianos y la descripción que realizaba acerca de su aspecto y de sus máquinas. En una palabra, se me pedía que hiciera en seis días un guión casi completamente original de una hora de duración”. Intentó que sus jefes se echaran atrás, pero Houseman, que llevaba con Welles las riendas del programa, le dijo que “se trataba del proyecto favorito de Orson”.


Si los marcianos imaginarios de la emisión de radio nos enseñaron algo importante, fue la virtud de dudar y de comprobar todo lo que nos llega a través de las ondas y de las páginas impresas, incluso de las escritas por el autor de este libro”, advertía Howard Koch en La emisión del pánico (1970). Cuenta en ese libro su experiencia como miembro del equipo de la CBS que, la noche del 30 de octubre de 1938, escenificó La guerra de los mundos, el montaje que hizo que miles de estadounidenses creyeran que vivían una invasión marciana y tenían las horas contadas.
 
Audio - transmisión radial completa de "Guerra de los Mundos":

 


Los datos de audiencia estiman que cerca de 12 millones de personas escucharon la transmisión y la mitología popular establece que otras tantas cayeron presa del pánico abandonando sus casas y colapsando carreteras, estaciones o comisarías de policía. Los teléfonos de emergencia echaron humo durante varias horas recibiendo multitud de mensajes que decían haber visto a los extraterrestres. El polémico acontecimiento, que terminaba con la «muerte» del propio Orson Welles a causa de los gases que emanaban los invasores, pudo ser el fin de su fulgurante carrera, pero visto en perspectiva, aquello, en realidad, no fue más que el inicio de su grandiosa leyenda. 



miércoles, 30 de julio de 2014

HISTORIA SECRETA - JEAN COCTEAU, EL PRIORATO DE SIÓN Y EL MURAL DE LA IGLESIA DE NOTRE-DAME








LA RELIGIÓN ENTRE LÍNEAS: 

ARTE Y OCULTISMO






El Priorato de Sion es el nombre dado a una organización fraternal fundada por Pierre Plantard el 20 de julio de 1956, según consta en el Boletín Oficial de la República Francesa, caracterizándose por sus tintes rosacrucianos modernos. En la década de los sesenta Plantard contò un trasfondo histórico para esta organización, que describió como una sociedad secreta fundada por Godofredo de Bouillon en el Monte Sion en el Reino de Jerusalén en 1099, y que tiene por propósito la instauración de un linaje secreto de la dinastía merovingia en los tronos de Francia y el resto de Europa. Posteriormente el mito sería ampliado y popularizado por el libro pseudohistórico El enigma sagrado en 1982, y más tarde fue descrito como un hecho en el prefacio de la novela El Código Da Vinci en 2003.

Históricamente, existió algo parecido al denominado "Priorato de Sion", ya que en 1099, los Cruzados de la Europa Occidental, tras conquistar Jerusalén del poder musulmán, edificaron una iglesia nueva sobre las ruinas de un antiguo templo bizantino llamado Hagia Sion. La nueva iglesia se llamó de Santa María, y el grupo de sacerdotes que la atendían eran conocidos como El Priorato de Nuestra Señora de Sion, un título que combinaba los nombres de ambas iglesias. Allí permanecieron hasta 1217, cuando los musulmanes destruyeron Santa María tras reconquistar Jerusalén. En aquel momento, se retiraron a Sicilia, donde continuaron ejerciendo su ministerio. El Priorato sobrevivió durante cuatro siglos más, hasta que, en 1617, sus últimos miembros se unieron a los jesuitas. 

En resumen, el Priorato de Sion fue una de las muchas órdenes y sociedades que han ido y venido a lo largo de la historia de la Iglesia católica. Sí existió un auténtico Priorato de Sion fundado en 1099, pero no tiene nada que ver con el actual Priorato de Sion, que no es más que un invento de un personaje como el tal Plantard, que se inventó con ayuda de algún otro un engaño majestuoso, con la pretensión de vivir del invento. Desconocemos si lo consiguió o no, pero esto es materia para otro tema. Tampoco había «gran maestres» en el Priorato original, tal y como se nos muestra en la gran cantidad de libros y artículos sobre este tema, por la sencilla razón de que la cabeza de un priorato es un prior y no un gran maestre.

El Priorato de Sion, tal y como se le conoce gracias sobre todo a la novela de Dan Brown y otros autores del estilo de Lynn Picknett, Clive Prince y algunos otros que han escrito algo sobre temas como este, ha sido descrito como uno de los grandes fraudes históricos del siglo XX. Algunos escépticos han expresado su preocupación por la proliferación y popularidad de los libros, sitios web y películas inspiradas por este engaño que han contribuido al problema de las teorías de conspiración, pseudohistorias y otras confusiones cada vez más habituales.

Hasta hace relativamente poco, el Soho fue un enclave francés, y Notre- Dame de France es uno de los vestigios de aquella época. El edificio original, fue diseñado por Louis Auguste Boileau en 1865; posee una planta circular de hierro que generó muchas polémicas.
Construida por primera vez en 1865 en un lugar vagamente vinculado a los caballeros templarios, Notre-Dame de France quedó casi totalmente destruida por las bombas de los nazis durante el blitz, y la reconstruyeron hacia finales de los años cincuenta

En Gran Bretaña existen pocas iglesias circulares, sin embargo éste es un tanto trivial. Su encanto se encuentra en la decoración interior, en particular por las pinturas murales de Jean Cocteau que adornan una de las capillas. 

Los temas abordados van desde la Crucifixión hasta la Asunción de María y están representados con una fornida, sensual y viva representación, que es muy diferente al arte religioso británico. No sólo ésta es considerada una excentricidad, también es de notar un extraño sol negro y el hecho de que el espectador sólo puede ver los pies de Cristo mientras musculosos soldados, vestidos con faldas cortas, se juegan la túnica a los pies de la Cruz. 

Cocteau era una persona excéntrica, por eso era de esperar que haya hecho un autorretrato en estos muros. Se dice que se emocionó tanto con el dibujo que solía hablar con los personajes mientras pintaba. También es de notar la bella tapicería del altar, de Robert de Caunac, que muestra a María bajo el aspecto de una nueva Eva, una figura simbólica poco usual. Las rarezas continúan con la gran estatua de la Virgen que se encuentra sobre la entrada, una obra de Goerges Saupique, autor de las esculturas del Palacio de Trocadero.






Indagamos en la hermética obra de Jean Cocteau, a quien se presenta como el gran maestre del Priorato que precedió a Pierre Plantard, intentando responder a las grandes preguntas que nos plantea esta trama: ¿es una fantasía megalómana o una forma estratégica de crear nuevos mitos y darnos a conocer la existencia de una tradición oculta, que hoy se pretende reactivar?, ¿quiénes inspiraron esta insólita historia y qué objetivos se ocultan tras la misma?
La escena que podemos observar sobre estas líneas corresponde a un mural realizado por Jean Cocteau, en 1960, para decorar la iglesia londinense de Notre-Dame de France. Construida en 1865, con una posible inspiración masónica y sobre un emplazamiento vinculado a los templarios, fue destruida por las bombas nazis y luego redecorada por artistas franceses. Durante la guerra fue punto de encuentro para los representantes de la Francia Libre, liderada por De Gaulle, a quien se ha querido vincular a las andanzas del Priorato.

En dicha pintura, el artista se retrata a sí mismo, a los pies y a la izquierda de la cruz, con un halcón junto a su hombro, símbolo inconfundible del dios Horus, que identificaba a una antiquísima línea iniciática solar que rigió el Egipto predinástico (los Shemsu-hor o seguidores de Horus). Pero lo más insólito es que Cocteau se sitúa de espaldas a un crucificado, del cual sólo se ven los pies, y tiene una expresión de desagrado o decepción, como si rechazara la crucifixión o dudase de la misma.

Al pie de la cruz observamos una rosa roja, uno de los símbolos utilizados con más frecuencia desde la antigüedad y con más diversos significados. Sumadas ambas se convierten en la Rosa+Cruz, que simboliza la discreción e identifica a una tradición iniciática y alquímica que algunos pretenden remontar al propio Egipto.




Dicha rosa está situada sobre un altar en el cual Cocteau dibujó una enorme M. Aparentemente se trata de la inicial de María y se justificaría por el hecho de que la iglesia está dedicada a Nuestra Señora o Nuestra Dama, un nombre ambiguo que se remonta a los constructores de catedrales a Ella dedicadas y a San Bernardo, que el Priorato pretende situar en los orígenes de su Orden y fue de hecho el inspirador de los templarios. Pero quienes sostienen que Jesús se casó con María Magdalena, aseguran que es a esta última a quien designan secretamente los iniciados en el secreto del linaje griálico, tanto con dicha expresión como con la letra M. Significativamente, a la derecha de la cruz Cocteau trazó disimuladamente otra M formada por un único velo que cubre a las dos Marías: la Madre que llora mirando a la rosa y hacia los pies del crucificado, y la Magdalena que lo hace volviendo la espalda a ésta, al igual que hace el artista, dándose así a entender que ambos comparten un mismo secreto, que les aleja de la cruz. Por encima de ambas mujeres, a la izquierda de un Sol negro, hay una tercera que mira al cielo con unos ojos que parecen pechos: ¿trata de reforzar así el pintor la presencia del Principio Femenino de la Divinidad, que parece también representado por las dos Marías, las dos M y la rosa, tradicionalmente consagrada a Venus-Afrodita?



No está claro con exactitud quién se convirtió en el Navegante del Priorato de Sión a la muerte de Jean Cocteau en 1963, pero el título recayó finalmente en Pierre Plantard, quien sirvió como principal enlace público de la sociedad hasta su renuncia en 1984. Durante su etapa como Navegante, Plantard fue la princi pal fuente de información en que se basó el best seller internal El enigma sagrado, que, en 1983, reanimó la atención de todo el mundo de habla inglesa sobre la historia del Priorato de Sión. Para preparar este libro, los coautores Michael Baigent, hard Leigh y Heniy Lincoln pasaron años rastreando y analizando las genealogías, los códigos secretos y la historia de la sociedad secreta que les fue inoculada por medio de la estratégi ca revelación de documentos arcanos y de entrevistas cara a cara, fue les condujo a una persecución a través de los últimos mil años de la historia y las intrigas políticas europeas.
 
Aún permanecen sin respuesta muchas de las preguntas que los autores de El enigma sagrado se plantearon hace 22 años, tras investigar la turbia historia del Priorato. Entre ellas, ésta: si alguien hubiese pretendido inventar una lista de grandes maestres que resultara prestigiosa y “creíble” para el gran público, para una Orden supuestamente fundada hace 900 años, ¿por qué incluir en la misma a varios individuos poco conocidos, o a un “excéntrico” aparente como Cocteau, en lugar de a otros personajes prestigiosos y contemporáneos suyos, a quienes podría relacionarse con esta trama o que mantuvieron estrechas relaciones con sociedades secretas?




El artista Alain Féral, discípulo y colaborador de Cocteau, ha negado a Picknett y Prince que éste hubiese podido ser gran maestre de la organización liderada por Plantard. Sin embargo, tras investigar la historia del Priorato y el enigma de Rennesle-Château, piensa que tanto Cocteau como los supuestos grandes maestres de la mencionada lista “sí estuvieron vinculados por una tradición clandestina auténtica”.

Los autores de El enigma sagrado reconocen que Cocteau les pareció “un candidato muy poco verosímil para el cargo de gran maestre de una influyente sociedad secreta”, al igual que algunos otros de los personajes presentados como tales. Pero, mientras que “en el caso de todos los demás poco a poco se hicieron visibles ciertas conexiones pertinentes”, en el de Cocteau hallaron pocas.  Sobre posibles conexiones con Debussy y Victor Hugo, sus presuntos predecesores en el cargo, descubrieron que Cocteau diseñó los decorados para una ópera del genial músico, al que alude frecuentemente en sus diarios, y que era íntimo amigo de un nieto del escritor. Junto a él “se embarcó en diversas experiencias espiritualistas y ocultistas, no tardando en estar muy versado en los asuntos esotéricos; y el pensamiento hermético moldeó toda su estética”.

Consideran que “el testimonio más convincente de su afiliación al Priorato reside en” algunas de sus pinturas (como la ya mencionada), obras teatrales como El águila tiene dos cabezas (sobre la emperatriz Isabel Habsburgo, miembro de una de las más prominentes dinastías de la “línea de sangre” que asegura proteger esta organización) o su película Orfeo, cargadas de un sugerente simbolismo oculto.

También destacan que este artista bohemio y escandaloso “se educó en un ambiente próximo a los pasillos del poder, pues su familia destacaba en política y su tío era un diplomático importante”; que siempre “conservó un estrecho contacto con individuos muy relevantes de los círculos aristocráticos y políticos; y que, al parecer, fue muy estimado por De Gaulle. Como veremos el próximo mes, este famoso general es el único e hipotético punto de conexión reconocible entre Cocteau y quien supuestamente le habría sucedido al frente de un Priorato más que nebuloso: Pierre Plantard quien –como vimos en un artículo anterior– era un humilde ciudadano, hijo de un ayuda de cámara y de una dama con pretensiones nobiliarias, que parecía haber urdido toda esta historia con pretensiones megalómanas...

Esta última es la opinión crítica, sustentada por una mayoría de intelectuales, quienes dan por zanjado el tema, viendo el Priorato y el misterio de Rennes-le-Château como simples mitos modernos, carentes de una dimensión enigmática.


Conviene señalar, sin embargo, que Cocteau se educó en un am¬biente próximo a los pasillos del poder, pues su familia destacaba en política y su tío era diplomático. A pesar de su subsi¬guiente existencia bohemia, Cocteau nunca se divorció por completo de estas esferas influyentes. Aunque su comportamiento era a veces escandaloso, conservo un contacto estrecho con individuos muy relevantes de los círculos aristocráticos y políticos. 

Al igual que muchos de los supuestos grandes maestres de Sion —Boyle, Newton, Debussy—, Cocteau se mostró alejado de la política. 


Durante la ocupación alemana no tomó parte activa en la resistencia, aunque demostró la antipatía que le inspiraba el régimen de Pétain. Y, al parecer, después de la guerra disfrutó de mucha estimación por parte de De Gaulle, cuyo hermano le encargó que pronunciase una conferencia sobre el estado de Francia. Finalmente, el testimonio más convincente de la afiliación de Cocteau a la Prieuré de Sion reside en su obra: en la película Orfeo, en obras teatrales como El águila tiene dos cabezas y en la decoración de iglesias como Nótre Dame de France en Londres. Sin embargo, lo más convin¬cente de todo es su firma al pie de los estatutos de la Prieuré de Sion.







ASI FLORECERÁN TUS ROSAS, afirman los rosacruces en sus antiguos textos:


Busca lo Esencial.
¿Sabes tú qué es lo esencial, Lector querido?

Escucha. . .

Todas las cosas de la Naturaleza, todo cuanto ves y no ves, todas las formas cristalizadas y aun aquellos que tu pobre retina no alcanza a divisar, tienen un punto esencial, una sustancia íntima, un espíritu alado, inconsútil, por el que viven y se desenvuelven.

Todo lo demás es secundario, accesorio. No inútil, porque la inutilidad no existe dentro de la magna Obra del Universo. Son medios, vehículos, portadores si se quiere lo esencial. El medio es perecedero. Pertenece a nuestra tierra. Lo esencial es eterno. Pertenece al cielo de nuestro Espíritu.

Busca, por lo tanto, lo Esencial.


Tu Cruz se hará más llevadera y la Rosa le prestará su sagrado perfume.

1ª) Lleva en todo tus actos, una meta. En todas las cosas, un fin. Que éstos sean el de descubrir Lo Esencial. Clava toda su atención en ello y toma por armas lo útil, lo noble, lo bueno, lo bello, para conseguirlo, y desdeña todos los obstáculos que se interpongan.

Así florecerán las Rosas sobre tu Cruz..

La Rosa es el símbolo del Amor.

En Tannhausser dice Wagner: A quien el corazón, se le inflame de amor lleva una corona de Rosas.
En la Alquimia la rosa es simbolo de las tinturas solar y lunar según su color blanca o roja.

 Yo soy la rosa de Sarón,dice Salomon en el Cantar de los Cantares.

Maria mira la Rosa a los pies de la Cruz: Dondequiera intervenga la rosa, la acompañan el secreto y el silencio.