lunes, 30 de junio de 2014

ARTE VISUAL - EL ÀRBOL DE LA VIDA (1909) de Gustav Klimt







En el periodo que Klimt estuvo pintando esta obra se encuentra en unos de los momentos más importante de su vida profesional. En 1904 comienza los dibujos para la decoración del Palacio Stoclet de Bruselas, que finalizó en 1909. En 1908 se encuentra en lo más alto de su carrera, con algunas de sus pinturas más famosas como El beso, Dánae y Judith II.

Klimt aparte de ser pintor también fue decorador, y el árbol de la vida fue una de sus últimos trabajos decorativos. El árbol de la vida es una parte de la decoración que Klimt hizo para el palacio de Bruselas. Klimt se encargó del diseño de la decoración del salón comedor, en cuya mesa pueden sentarse hasta 22 personas. Los mosaicos fueron elaborados finalmente por miembros de los Talleres de Viena. El friso consta de nueve tablas en las que encontramos elementos abstractos, estilizados y figurativos. La inspiración de los diseños debemos buscarla en los mosaicos bizantinos de Ravena -conocidos en un viaje a la ciudad italiana- y en el arte oriental budista e hinduista al que los Stoclet eran muy aficionados y grandes coleccionistas. El motivo central del friso es el Arbol de la Vida, el árbol de la sabiduría, un símbolo de la Edad de Oro en el que se reúnen todos los temas que tenían verdadera importancia para el artista, desde la mujer hasta el amor, tratándose una vez más de su obsesión por la vida y la muerte -representada en este caso por el ave negra- , uno de sus temas favoritos. 

Pero a diferencia de los otros encargos monumentales realizados por el maestro austriaco, el Friso Stoclet destaca no por el contenido sino por la decoración, siendo considerado por el propio Klimt como "la última fase de mi etapa decorativa". En efecto, líneas sinuosas dominan la composición, olvidando en algunos momentos la forma para acercarse a la abstracción.  El cuadro "El árbol de la vida" (1909) de Gustave Klimt presenta una composición ornamentada en tonos dorados. Con influencias del arte árabe, tres figuras humanas y diversos detalles sutiles cargados de significado, esta obra es una de las más representativas del pintor simbolista austriaco. 

El cuadro se divide en tres partes, aunque la más conocida es la central, que contiene el árbol. El árbol de la vida recoge la trayectoria vital del ser humano como un intrincado camino con múltiples intersecciones, una sucesión de anhelos que, en ocasiones, se ven realizados y que definen la dirección que toma. El fin de la vida, la muerte, da sentido a la existencia, y por ello también está presente en el cuadro, representada por el pájaro negro.

Como pintor simbolista, Klimt introdujo en sus obras gran cantidad de símbolos que aportan distintos significados. Los hombres constituyen símbolos fálicos encubiertos, mientras que la mujer se presenta como protagonista, captando total atención. El rostro de la mujer es el que se ve en la pareja abrazada, el hombre está de espaldas. El abrazo puede ser entre amantes, o interpretarse como de amor paterno filial. La utilización de motivos arabescos, como las ramas, o los tonos dorados demuestran una clara influencia del arte árabe.

En El árbol de la vida pueden encontrarse símbolos religiosos de distintas procedencias: como la representación de ojos triangulares o el pez, y representaciones religiosas egipcias como el halcón. Estos elementos hacen que, en parte, la interpretación del cuadro siempre dependa del espectador.
En este cuadro Klimt, gran pintor austríaco, nos quiere presentar la complejidad de la vida humana mediante un árbol y la simboliza con muchísimas ramificaciones que son un reflejo de las infinitas direcciones que puede tomar nuestra vida.


Se trata de una de las obras más conocidas, y a la vez menos vistas,  de Gustav Klimt (1862 – 1918),  lo que es accesible al común de los mortales son los esbozos preparatorios de esta obra, en técnica mixta sobre papel, que se encuentran en el  Österreichische Museum für angewandte Kunst (MAK) de Viena. La obra se halla en Bruselas en el Palacio Stoclet que es propiedad particular y no está abierto al público, pese a ser, desde 2009,  Patrimonio de la Humanidad según la Unesco.


 

MITOLOGÍA - EL ENIGMA DE LA ESFINGE (Σφίγξ, σφίγγω)







En la mitología griega, la Esfinge era un demonio de destrucción y mala suerte, que se representaba con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave. Se supone, en ciertas versiones que es hija de Equidna (la víbora con cuerpo de mujer, pero con cola de serpiente en lugar de piernas) y Ortro (perro de varias cabezas, que pertenecía a Geriones, y que fue asesinado por Heracles). En otras variantes es hija de Tifón (hijo menor de Gea y Tártaro).

Algunas tradiciones menores atribuían la paternidad de la Esfinge al rey de Tebas, Layo (padre de Edipo) o al beocio Ucalegonte. Tera envía a la Esfinge a Tebas, para castigar a la ciudad por el amor culpable que sentía Layo por Crisipo, hijo de Pélope (se cree que esta fue la primera relación homosexual). Así la Esfinge se estableció en una de las montañas al oeste de Tebas, y desde allí devoraba a todos los seres humanos que estuvieran a su alcanze y atormentaba al país.

Según Apolodoro, la Esfinge había aprendido el arte de formular enigmas de las Musas. Cuenta Aristófanes el gramático que Edipo mismo la llamó musa, ya que era propio de las Musas el manejar las palabras con belleza, esto es, a través del canto. La Esfinge cantaba sus enigmas, así lo afirma Pausanias; Sófocles la llama «cruel cantora». Antes de comerse a los viajeros, les imponía acertijos imposibles de resolver, con la condición de que si los respondían, no los devoraría. Todos fallaban en la difícil empresa, hasta que llegó Edipo.

Según cuenta la leyenda, Edipo sorpresivamente pudo resolver ambos enigmas. La Esfinge, entonces, despechada y vencida, se lanzó al vacío desde lo alto de una roca, y se suicidó. Ante esto, Tebas hace rey a Edipo y le piden que se case con su reina Yocasta, quien verdaderamente era la madre de Edipo. De allì proviene el conflicto edípico del pscioanàlisis, el cual se refiere al agregado complejo de emociones y sentimientos infantiles caracterizados por la presencia simultánea y ambivalente de deseos amorosos y hostiles hacia los progenitores. Se trata de un concepto central de la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, aquel deseo inconsciente de mantener una relación sexual con el progenitor del sexo opuesto y de eliminar al padre del mismo sexo.

Otras interpretaciones narran que fue Edipo, quien una vez que respondió la adivinanza, atravezó al monstruo con su lanza, o lo empujó el mismo por el abismo. Una tradición, referida por Pausanias, dice que la Esfinge no era un monstruo, sino una hija del rey Layo, a quien se le había confiado un secreto sólo conocido por los monarcas de Tebas. Al morir Layo, cuando varios de sus hijos llegaron a reclamar el trono, la Esfinge se enfrentó a ellos declarando que sólo reconocería como sucesor legítimo a quien fuera capaz de señalar con precisión el secreto de los reyes tebanos, y que condenaría a muerte a todo el que fallare. Sólo Edipo, nos dice esta tradición, desentrañó correctamente el secreto, ya que le fue revelado en un sueño.

En su ensayo "El crítico como artista" de Oscar Wilde, éste anticipa algunos conceptos clave de la hermenéutica postestructuralista o el efecto retroactivo que tiene la interpretación sobre la construcción de la obra. Más específicamente, la lectura del enigma de la Esfinge que propone Wilde en esta obra a la vez teoriza y dramatiza la relación paradójica que se da entre ceguera y percepción, al formular una profecía irónica que puede leerse como el anuncio por parte de Wilde de su propia caída trágica—en la que hay un elemento de actuación interpretativa de un guión previo, elemento que ha sido comentado previamente por diversos críticos. Es decir, la Esfinge de Wilde se usa como vehículo para un enigma sobre el propio Wilde, y es un emblema de la ambivalencia de su propia actitud ante la cuestión de la revelación pública de su homosexualidad.



viernes, 27 de junio de 2014

ARTE VISUAL - FILÓSOFO EN MEDITACIÓN (1631) de Rembrant






Un filósofo medita cerca de una ventana. Detrás de el sube una escalera de caracol de la cual no se ve el final. Esta simboliza la elevación del pensamiento. Dos fuentes de luz vienen a aclarar ligeramente esta escena tan sobría: la de la ventana y la del fuego. En busca de la verdad, lejos del infierno exterior, él, un anciano iluminado por la luz del alba, medita. Seguramente ha estado rastreando filosóficamente las consecuencias del comportamiento existencial.

“Filósofo en meditación”, de 1631 (hecho en óleo sobre tabla, 29 x 33 cm), donde la composición, estructurada en violentos y abstractos contrastes de luz y sombra,  deja ver una escalera central que intenta conectar cielo y tierra, el filósofo junto a la luz de la ventana, parecen indagar sobre el lugar del hombre en el cosmos. Esta pintura explica, en parte, el pensamiento de este artista culto y reflexivo que, según se cuenta, frecuentó al filósofo Spinoza. Si bien son numerosas sus pinturas inspiradas en temas bíblicos, su figuración es más humanista y el hecho de ser Holanda un país adherido al protestantismo religioso, lo alejó del condicionamiento estético eclesiástico. 

Obra representante del acetismo, aquella doctrina filosófica y religiosa que busca purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales o abstinencia; al conjunto de procedimientos y conductas de doctrina moral que se basa en la oposición sistemática al cumplimiento de necesidades de diversa índole que dependerá, en mayor o menor medida, del grado y orientación de que se trate. En muchas tradiciones religiosas, la ascética es un modo de acceso místico. La mayoría de los sistemas ascéticos desdeñan las necesidades fisiológicas del individuo por considerarlas de orden inferior. En Occidente, las primeras doctrinas ascéticas surgieron en la antigua Grecia. Sin embargo, este tipo de prácticas ya eran milenarias en Oriente. El ascetismo alcanzó su mayor difusión al incorporarse a sistemas religiosos como el budismo, el cristianismo y el islam. un modo de acceso místico. 

También vale mencionar a Salomon de Koninck (1609-1656), un pintor y grabador holandés. Nacido en Ámsterdam, fue alumno de Pieter Lastman, David Colijns, François Venants y Claes Corneliszoon Moeyaert y contemporáneo de Rembrandt. Su "Filósofo con libro abierto" fue atribuido durante mucho tiempo a Rembrandt y a influencias eremitas, expuesto junto con el "Filósofo meditando" de éste, en el Louvre.

Rembrandt es el intérprete de ese mundo que empieza a estar alejado de la racionalidad y la estética renacentista; un mundo que confirma el vértigo de la teoría copernicana y la descentralización del hombre y sus anteriores verdades absolutas. Siempre estuvo preocupado por encontrar nuevas soluciones plásticas para captar la realidad interior de sus personajes y de sus paisajes y ambientaciones. 

El artista holandés  es considerado uno de los más grandes pintores en la historia del arte europeo, y el más importante en la historia de Holanda. Rembrandt fue además un grabador experto, y publicó muchos dibujos. Sus contribuciones al arte tuvieron lugar en un período que los historiadores llaman la Edad de Oro holandesa, que corresponde aproximadamente al siglo XVII.



MITOLOGÍA - ÍCARO (Ἴκαρος Ikaros)





Dédalo era el arquitecto, artesano e inventor muy hábil que vivía en Atenas. Aprendió su arte de la misma diosa Atenea. Era famoso por construir el laberinto de Creta e inventar naves que navegaban bajo el mar. Se casó con una mujer de Creta, Ariadna y tuvo dos hijos llamados Ícaro y Yápige.
Su sobrino Talos era su discípulo, gozaba del don de la creación, era la clase de hijo con que Dédalo soñaba. Pero pronto resultó mas inteligente que el mismo Dédalo, porque con solo doce años de edad invento la sierra, inspirándose en la espina de los peces; sintió mucha envidia de él tras compararlo con su hijo. Una noche subieron el tejado y desde allí; divisando Atenas,veían las aves e imaginaban distintos mecanismos para volar.Ícaro se marchó cansado, y después de engañar Dédalo a Talos,lo mató empujándole desde lo alto del tejado de la Acrópolis.Al darse cuenta del gran error que había cometido, para evitar ser castigado por los atenienses,huyeron a la isla de Creta, donde el rey Minos los recibió muy amistosamente y les encargaron muchos trabajos.

El rey Minos, que había ofendido al rey Poseidón, recibió como venganza que la reina Pasifae, su esposa, se enamorara de un toro. Fruto de este amor nació el Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro. Durante la estancia de Dédalo e Ícaro en Creta, el rey Minos les reveló que tenía que encerrar al Minotauro.Para encerrarlo, Minos ordenó a Dédalo construir un laberinto formado por muchísimos pasadizos dispuestos de una forma tan complicada que era imposible encontrar la salida. Pero Minos, para que nadie supiera como salir de él, encerró también a Dédalo y a su hijo Ícaro.

Estuvieron allí encerrados durante mucho tiempo.Desesperados por salir,se le ocurrió a Dédalo la idea de fabricar unas alas, con plumas de pájaros y cera de abejas, con las que podrían escapar volando del laberinto de Creta. Antes de salir,Dédalo le advirtió a su hijo Ícaro que no volara demasiado alto, porque si se acercaba al Sol, la cera de sus alas se derretiría y tampoco demasiado bajo porque las alas se les mojarían, y se harían demasiado pesadas para poder volar.

Empezaron el viaje y al principio Ícaro obedeció sus consejos, volaba al lado suyo, pero después empezó a volar cada vez más alto y olvidándose de los consejos de su padre, se acercó tanto al Sol que se derritió la cera que sujetaba  las plumas de sus alas, cayó al mar y se ahogó.Dédalo recogió a su hijo y lo enterró en una pequeña isla que mas tarde recibió el nombre de Icaria. Después de la muerte de Ícaro,Dédalo llegó a la isla de Sicilia, donde vivió hasta su muerte en la corte del rey Cócalo.

En otras versiones donde se elimina el elemento fantástico, se nos cuenta como Dédalo había matado a su sobrino Talo, por lo que había tenido que huir de Atenas. Ícaro, igualmente desterrado había ido en busca de su padre, pero naufragó en las aguas de Samos, por lo que el mar recibió un nombre derivado del suyo, igual que en la leyenda original. También se dice que Ícaro y su padre habían huido de Creta en dos barcos de vela inventados por Dédalo, pero el joven no supo dominar las velas y naufragó o más bien que cuando llegó a la isla de Icaria, se lanzó torpemente hacia tierra y se ahogó.

La leyenda era fuerte e incluso por mucho tiempo se mostraba una supuesta tumba de Ícaro en un cabo del mar Egeo, al igual que se decía que en las islas de Ámbar había dos columnas que Dédalo había levantado una en honor a su hijo y otra en nombre de él mismo. Asimismo, se decía que Dédalo había representado en una escultura el triste destino de su hijo en las puertas el templo de Cumas, dedicado a Apolo.

El mito de Ìcaro ha sido un atrayente referente a lo largo de la historia del arte. En la actualidad, el film francés " I...Como Icaro" (1979, Henri Verneuil) hace una referencia al mito mediante un estudio ético, psicológico y moral detrás de un crimen político: tanto Ícaro como el fiscal Henry Volney (Yves Montand) se enfrentaron a la verdad de diferentes maneras, sin imaginar las consecuencias que ella podía aparejar. El fiscal intentó descubrir un asesinato que fue tramado por altos funcionarios del gobierno y cuando tuvo toda la verdad en sus manos, la vida le demostró que ese no era el lugar donde debía estar.



jueves, 26 de junio de 2014

CUENTOS - "Un Tren Llamado Mobius" (A Subway Named Mobius, 1950) de Armin Joseph Deutsch // parte III









(Continúa de parte II)





»Hay otra pregunta que ustedes querrán ver contestada. Si deciden ustedes restablecer el

funcionamiento del Sistema, dejando abierta la variante hasta que el tren aparezca, ¿puede volver a ocurrir lo mismo con otro tren? No estoy seguro de la respuesta, pero creo que es negativa. Opino que en este caso existe un principio de exclusión, en virtud del cual el no-espacio de la red sólo puede ser ocupado por

un tren.

El médico se puso en pie.

—Doctor

Tupelo —inquirió, tímidamente—, cuando el tren reaparezca, ¿estarán los pasajeros...?

—No sé nada acerca de los ocupantes del tren —le interrumpió

Tupelo—. La teoría

topológica no

tiene en cuenta esos aspectos. —Su mirada recorrió rápidamente los siete cansados rostros que le

rodeaban—. Lo siento, caballeros —añadió, en tono más amable—. No lo sé, sencillamente.


Dirigiéndose a Whyte, añadió—: Creo que esta noche no puedo serle útil en nada más. Ya sabe dónde

encontrarme.

Dando media vuelta, salió del vagón y se encaminó a la escalera.

Al salir a la calle, las primeras claridades del alba empezaban a disolver las sombras de la noche.

Ningún periódico informó de aquella improvisada conferencia en un solitario vagón del metropolitano.

Ni de los resultados de la vigilancia nocturna en los oscuros túneles. Durante la semana que siguió,

Tupelo

tomó parte en otras cuatro conferencias con Kelvin Whyte y algunos funcionarios de la municipalidad. En

dos de ellas estuvieron presentes otros

topólogos:

Orstein, de Filadelfia,

Kashta, de Chicago, y

Michaelis,

de Los Ángeles. Los matemáticos no lograron ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres quiso aceptar

como buenas las conclusiones de

Tupelo, aunque

Kashta admitió que

podía

haber algo de cierto en ellas.

Orstein insistió en que una red finita no podía poseer una

conectividad infinita, pero no pudo demostrar este

aserto, y ni siquiera fue capaz de calcular la

conectividad del Sistema.

Michaelis expresó su opinión

diciendo que el asunto no tenía nada que ver con la topología del Sistema. Insistió en que si el tren no podía

ser localizado en el Sistema, éste debía abrirse.

Pero, cuando más a fondo analizaba Tupelo el problema, más convencido estaba de lo correcto de sus primeras conclusiones. Desde el punto de vista de la topología, el Sistema sugería inmediatamente la existencia de familias enteras de redes de entidad múltiple, cada una de ellas con un número infinito de discontinuidades infinitas. Pero Tupelo se sustraía a un examen concreto de aquellas nuevas redes hiperespaciales. Dedicó toda su atención al tema por espacio de una semana. Luego, sus ocupaciones le obligaron a dejar el análisis a un lado. Decidió enfrentarse de nuevo con el problema más tarde, en

primavera, cuando terminara el curso escolar. Entretanto, el Sistema volvía funcionar como si nada hubiese ocurrido. El director general y el representante del alcalde habían conseguido olvidar la noche del 6 de marzo, o al menos habían vuelto a interpretar a su manera lo que vieron y no vieron. Los periódicos y el público hacían las más descabelladas

suposiciones y continuaban presionando a Whyte. Muchas personas que habían perdido algún pariente presentaron demandas contra el Sistema. El Estado intervino en el asunto e investigó por su cuenta. El caso

llegó hasta el Congreso. Una versión resumida de la teoría de

Tupelo fue ampliamente difundida por la

prensa.

Tupelo la ignoró, y no tardó en ser olvidada.

Transcurrieron varias semanas. La investigación estatal se dio por conclusa. Los periódicos trasladaron

el caso de la primera a la segunda plana; luego lo pasaron a la veintitrés; y después dejaron de ocuparse de

él. Las personas desaparecidas no regresaron. A la larga, nadie las echó de menos.

Un día, a mediados de abril,

Tupelo viajaba en el metropolitano desde Charles Street a Harvard. Iba

sentado en la parte delantera del primer vagón y contemplaba las vías y las grises paredes de los túneles

salir al encuentro del tren. Se detuvieron en dos ocasiones ante una luz roja, y

Tupelo se preguntó

súbitamente si el otro tren estaba allí, delante de ellos, o más allá del espacio. Bastó aquello para que el

viaje resultara excitante.

Otra vez, en mayo, tomó el tren en

Beacon Hill. Pero en esta ocasión se instaló en un asiento lateral y se

dedicó a leer el periódico. De pronto, experimentó una extraña sensación. Miró al hombre sentado a su

lado, con la cesta del almuerzo sobre las rodillas. Los otros asientos estaban ocupados y había una docena

de pasajeros que viajaban de pie. Un

jovencito fumaba un cigarrillo, violando el reglamento. Detrás de él,

dos muchachas hablaban de una fiesta a la que pensaban asistir. En el asiento de enfrente, una joven madre

reñía a su hijo. A su lado, un hombre leía el periódico. Lo mantenía abierto por las páginas centrales, y la

mirada de

Tupelo resbaló inconscientemente por la primera plana. Los titulares le sonaron a cosa olvidada.

La mirada de

Tupelo continuó hasta llegar a la fecha: ¡era un periódico del mes de marzo!

Los ojos de

Tupelo se volvieron hacia el hombre sentado a su lado. Debajo de la cesta del almuerzo

había un periódico. Del día. Miró detrás de él. Un joven leía el

Transcript

, manteniéndolo abierto por las

páginas deportivas. La fecha era 4 de marzo. Los ojos de

Tupelo recorrieron el pasillo. Una docena de

pasajeros llevaban periódicos con fecha 4 de marzo.

Tupelo se levantó de un salto. El hombre del pasillo se quejó en voz alta mientras

Tupelo le apartaba a

un lado sin

miramientos para precipitarse hacia el aparato de alarma. Tiró de la palanca con todas sus

fuerzas. Chirriaron los frenos y el tren se detuvo. Los intrigados pasajeros contemplaban a

Tupelo con ojos

hostiles. En la parte trasera del vagón se abrió la puerta de paso y un hombre alto y delgado, uniformado

de azul, la cruzó apresuradamente.

Tupelo corrió a su encuentro.

—¿Señor Gallagher? —inquirió.

—¿Qué pasa? —preguntó a su vez el hombre, sorprendido.

Tupelo ignoró la pregunta.

—¿Dónde ha estado usted? —quiso saber.

—En el vagón contiguo, pero...

Tupelo no lo dejó terminar. Consultando su reloj, les gritó a los pasajeros:

—¡Faltan diez minutos para las nueve de la mañana del día 17 de mayo!

Aquellas palabras acallaron por un momento el creciente clamor. Los pasajeros intercambiaron miradas

desconcertadas.

—¡Miren sus periódicos! —gritó

Tupelo—. ¡Sus periódicos!

Los pasajeros empezaron a cuchichear. A medida que consultaban las fechas de sus periódicos, las

voces subían de tono.

Tupelo tomó a Gallagher del brazo y lo arrastró hacia la parte trasera del vagón.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

—Las 8:21 —dijo Gallagher, consultando su reloj.

—Abra la puerta —dijo

Tupelo—. Déjeme salir. ¿Dónde está el teléfono?

Gallagher siguió las instrucciones de

Tupelo. Señaló un hueco en la pared del túnel, a un centenar de

metros de distancia.

Tupelo se bajó del vagón y echó a correr por el estrecho pasillo que discurría entre los

vagones y la pared del túnel.

—¡Póngame con la Central de Tráfico! —le gritó al telefonista. Esperó unos segundos y vio que un tren

se había parado ante la señal roja detrás del que él acababa de abandonar. Cuando la Central de Tráfico

contestó,

Tupelo gritó—: ¡Póngame con Whyte! ¡Es muy urgente!

Al otro extremo del hilo una voz de hombre dijo:

—El señor Whyte está ocupado. Dígame lo que sea.

—El número 86 ha vuelto —dijo

Tupelo—. Ahora se encuentra entre la Estación Central y Harvard.

Ignoro cuándo efectuó el salto. Yo lo tomé en Charles Street, hace diez minutos, y no me di cuenta hasta

hace un minuto.

Al otro extremo, el hombre que atendía la llamada tragó saliva audiblemente.

—¿Y los pasajeros? —tartamudeó.

—Están perfectamente... los que quedan en el tren. Algunos deben de haberse bajado en

Kendall y en

la Estación Central.

—¿Dónde han estado?

Tupelo dejó caer el receptor de su oído y lo contempló fijamente, con la boca abierta. Luego lo colgó y

echó a correr hacia la puerta abierta del vagón.

Eventualmente, el orden quedó restablecido y al cabo de media hora el tren llegó a Harvard. En la

estación, la policía tomó a los pasajeros bajo su custodia. Whyte había llegado a Harvard antes que el tren.

Tupelo le encontró en el andén.

Whyte hizo un gesto en dirección a los pasajeros.

—¿Están realmente bien? —inquirió.

—Perfectamente —respondió

Tupelo—. No saben dónde han estado.

—¿Alguna señal del Profesor

Turnbull? —preguntó el director general.

—No lo he visto. Probablemente descendió en

Kendall, como de costumbre.

—¡Lástima! —dijo Whyte—. Me gustaría verle.

—También a mí —declaró

Tupelo—. A propósito, ahora es el momento de cerrar la variante de

Boylston.

—Demasiado tarde —dijo Whyte—. El tren 143 desapareció hace veinticinco minutos, entre Egleston y

Dorchester.

Tupelo no dijo nada.

—Tenemos que encontrar a

Turnbull —continuó Whyte.

Tupelo miró al director general y sonrió débilmente.

—¿Cree usted de veras que

Turnbull se bajó de este tren en

Kendall? —preguntó.

—¡Desde luego! —respondió Whyte—. ¿En qué otra parte, si no?


F I N

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Con una brillante narrativa que poco a poco va creando un ambiente de misterio, A.J. Deutsch nos va dibujando el caso de un tren perdido en la inmensa red de túneles del subterráneo de la ciudad de Boston. La historia no es solo impecable desde el punto de vista de la fantasía que pueden crear conceptos matemáticos como la cinta de Möbius, sino que tiene algo que refleja el cada vez más complejo mundo de lo urbano, lo citadino.


Adaptada al cine nacional, Möbius es una película argentina de ciencia ficción de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera. Está basada en el presente cuento "A Subway Named Mobius", el cual ya había sido adaptado en la película alemana Möbius (1993); aunque el film incorpora una trama mucho más compleja en cuanto a personajes y situaciones, asimismo dándole un giro borgeano a la historia. 



miércoles, 25 de junio de 2014

CUENTOS - "Un Tren Llamado Mobius" (A Subway Named Mobius, 1950) de Armin Joseph Deutsch // parte II








(Continúa de parte I)



Tupelo continuó:

—En cuanto a lo de restablecer el funcionamiento del Sistema mientras el tren desaparecido se encuentra en la parte no-espacial de la red, sólo puedo enumerarles los hechos, tal como yo los veo, y dejar a su criterio el extraer las pertinentes conclusiones. La transición de regreso a la parte espacial es impredecible, como ya les he dicho. No hay modo de saber cuándo se producirá, ni dónde. En especial, hay un cincuenta por ciento de probabilidades en que, cuando reaparezca el tren, corra por una vía que no le corresponde. Entonces se producirá una colisión, desde luego.

El ingeniero preguntó:

—Para eliminar esa posibilidad, doctor

Tupelo, ¿no podríamos dejar abierta la variante de Boylston,

pero sin enviar ningún tren a través de ella? De este modo, cuando el tren desaparecido vuelva a presentarse, no podrá chocar con otro tren.

—Esa precaución sería ineficaz, señor Kennedy —respondió

Tupelo—. Verá, el tren puede reaparecer

en cualquier parte del Sistema. Es cierto que el Sistema debe su complejidad

topológica a la nueva

variante. Pero, con la variante en el Sistema, ahora es todo él el que posee una

conectividad infinita. En

otras palabras, la pertinente propiedad

topológica es una propiedad

derivada

de la variante, pero perteneciente a todo el Sistema. Recuerde que el tren efectuó su primera transición en un punto situado entre Park y Kendall, a más de cuatro kilómetros de distancia de la estación.
Edmunds trató de localizarlo, pero por lo visto había cruzado ya la Estación de
Boylston.
—¿Qué pasó a las 3:28?
—Otra luz roja. Cerca de Park Street. Oímos el tren delante de nosotros.
—¿Pero no lo vieron?
—No. Más allá de la luz hay una leve pendiente. Pero todos lo oímos. Lo único que no comprendo,
doctor
Tupelo, es que ese tren pueda recorrer el tendido por espacio de cinco días sin que nadie lo vea...
Whyte se interrumpió bruscamente y levantó una mano con aire imperativo, reclamando silencio. A lo
lejos, el metálico estruendo de un tren rodando a toda marcha fue creciendo hasta convertirse en un rugido.
El andén vibró de un modo perceptible mientras pasaba el tren.
—¡Ahora lo tenemos! —exclamó Whyte—. ¡Acaba de pasar por el andén inferior!
Echó a correr hacia la escalera que conducía al piso inferior. Todos los otros lo siguieron, excepto
Tupelo, el cual creía saber lo que iba a pasar. En efecto, antes que Whyte llegara a la escalera, asomó por
ella un agente de policía uniformado.
—¿Lo han visto ustedes? —gritó el policía.
Whyte se detuvo en seco, y los otros con él.
—¿Han visto ustedes el tren? —preguntó de nuevo a la gente, mientras aparecían otros dos hombres
procedentes del piso inferior.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Wilson.
—¿Lo han visto
ustedes
? —aulló Kennedy.
—Desde luego que no —respondió el agente—. Ha pasado por aquí arriba.
—¡Ni hablar! —rugió Whyte—. ¡Ha pasado por abajo!
Los seis hombres que acompañaban a Whyte se enfrentaron con expresión
desafiante a los tres
hombres procedentes del piso inferior.
Tupelo se acercó al director general y le dijo, en voz baja:
—El tren no puede ser visto, señor Whyte.
Whyte lo miró con aire de incredulidad.
—Usted mismo lo ha oído. Ha pasado por el piso de abajo...
—¿Podemos ir al vagón, señor Whyte? —inquirió
Tupelo—. Creo que tendríamos que hablar un poco.
Whyte asintió de mala gana. Luego se volvió hacia el agente de policía y los otros dos hombres que
habían estado vigilando en el andén inferior.
—¿De veras no lo han visto? —insistió.
—Lo hemos oído —respondió el agente—. Y nos ha parecido que pasaba por aquí...
—Vuelvan abajo,
Maloney —ordenó uno de los agentes que acompañaban a Whyte.
Maloney se rascó la cabeza, dio media vuelta y desapareció por la escalera. Los otros dos hombres le
siguieron.
Tupelo condujo al grupo hacia el vagón estacionado junto al andén. Entraron en él y tomaron
asiento, en silencio. Luego, todos miraron al matemático y esperaron.
—Supongo que no me ha hecho venir hasta aquí sólo para decirme que había encontrado el tren
desaparecido —empezó

Tupelo, dirigiéndose a Whyte—. ¿Había ocurrido ya algo como esto?

Whyte se removió en su asiento e intercambió una mirada con el ingeniero jefe.

—No exactamente igual —dijo, en tono evasivo—, pero han sucedido algunas cosas raras.

—¿Por ejemplo? —insistió

Tupelo.

—Bueno, lo de las luces rojas. Los vigilantes apostados cerca de

Kendall descubrieron una luz roja al

mismo tiempo que nosotros encontrábamos otra cerca de la Estación Sur.

—¿Qué más?

—El señor Sweeney lo llamó desde Forest Hills. Había oído el tren dos minutos después que lo

oyéramos nosotros en el empalme de Copley. A unos cuarenta kilómetros de distancia.

—En realidad, doctor

Tupelo —intervino Wilson—, varias docenas de hombres han visto luces rojas, o

han oído el tren, o las cosas, durante las últimas cuatro horas. La cosa actúa como si pudiera estar en

varios lugares al mismo tiempo.

—Puede —dijo

Tupelo.

—Hemos estado recibiendo informes de vigilantes que veían la cosa —añadió el ingeniero—. Bueno,

viéndola no, exactamente... A veces en dos e incluso en tres lugares, muy apartados entre sí, al mismo

tiempo. Seguro que se encuentra en el tendido. Tal vez los vagones están desenganchados.

—¿Está usted realmente seguro que se encuentra en el tendido, señor Kennedy? —preguntó

Tupelo.

—Absolutamente —dijo el ingeniero—. El medidor, en la central eléctrica, señala un consumo de

energía. El consumo era continuo. De modo que a las 3:30 cerramos los circuitos. Cortamos la corriente.

—¿Y qué pasó?

—Nada —respondió Whyte—. Absolutamente nada. La corriente estuvo cortada por espacio de

veinte minutos. Durante ese tiempo, ninguno de los doscientos cincuenta hombres apostados en los túneles

vio una luz roja ni oyó un tren. Pero, cinco minutos después de haber vuelto a dar la corriente, nos habían

llegado otros dos informes: uno de

Arlington, otro de Egleston.

Cuando Whyte terminó de hablar se produjo un largo silencio. En el túnel inferior, un hombre le gritó

algo a otro.

Tupelo consultó su reloj. Eran las 5:20.

—En resumen, doctor

Tupelo —dijo finalmente el Director General—, nos vemos obligados a admitir

que puede haber algo de cierto en su teoría.

Los otros asintieron.

—Gracias, caballeros —dijo

Tupelo.

El médico se aclaró la garganta.

—En lo que se refiere a los pasajeros —dijo—, ¿tiene usted idea de lo que...?

—Ninguna —le interrumpió

Tupelo.

—¿Qué hemos de hacer? —preguntó el representante del Alcalde.

—No lo sé. ¿Qué puede hacer usted?

—Si no he comprendido mal las explicaciones del señor Whyte —dijo Wilson—, el tren ha... bueno, ha

saltado a otra dimensión. No se encuentra ya en el Sistema. Se ha marchado de él. ¿Es verdad eso?

—Es una forma de decirlo.

—¿Y esta...

ejem... conducta singular se ha derivado de ciertas propiedades matemáticas asociadas con

la nueva variante de Boylston?

—Desde luego.

—¿Y no hay nada que podamos hacer para traer de nuevo al tren a...

hum... esta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Wilson agarró la ocasión por los pelos.

—En tal caso, caballeros —dijo—, la cosa está clara. En primer lugar, tenemos que cerrar la nueva

estación, para que no pueda volver a ocurrir algo tan fantástico. Después, dado que el tren desaparecido se

encuentra en otra dimensión, a pesar de todas esas luces rojas y de todos esos ruidos, podemos

restablecer el funcionamiento normal del Sistema. Al menos no existirá el peligro de una colisión, que era lo

que más preocupaba al señor Whyte. En cuanto al tren desaparecido y a las personas que viajaban en él...

—Wilson los remitió al infinito con un gesto—. ¿Está usted de acuerdo, doctor

Tupelo? —le preguntó al

matemático.

Tupelo sacudió la cabeza lentamente.

—No del todo, señor Wilson —respondió—. Les ruego que no pierdan de vista que no he

comprendido en sus términos exactos lo que ha sucedido. Es una pena que no puedan encontrar ustedes a

alguien capaz de dar una explicación satisfactoria de los hechos. El único hombre que podía haberla dado

es el profesor

Turnbull, de

Tech, y era uno de los pasajeros del tren. Pero, de todos modos, ustedes

querrán contrastar mis conclusiones con las de algunos eminentes

topólogos. Puedo ponerles en contacto

con varios de ellos.

»Ahora bien, en lo que se refiere a la recuperación del tren desaparecido, puedo decir que en mi opinión

no se ha perdido toda esperanza. Existe una probabilidad finita, tal como yo lo veo, que el tren pase

eventualmente desde la parte

no-espacial de la red, que ahora ocupa, a la parte espacial. Dado que la parte

no-espacial es completamente inaccesible, no hay nada que podamos hacer, por desgracia, para contribuir

a esa transición, ni siquiera para predecir cómo o cuándo se producirá. Pero la posibilidad de la transición

se desvanecerá si se cierra la variante de Boylston. Ese sector del tendido es precisamente el que da a la

red sus singularidades fundamentales. Si las singularidades son eliminadas, el tren no podrá reaparecer

nunca. ¿Está claro?

No estaba claro, desde luego, pero los siete hombres que lo escuchaban asintieron en silencio.


(Continúa en parte III)

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Con una brillante narrativa que poco a poco va creando un ambiente de misterio, A.J. Deutsch nos va dibujando el caso de un tren perdido en la inmensa red de túneles del subterráneo de la ciudad de Boston. La historia no es solo impecable desde el punto de vista de la fantasía que pueden crear conceptos matemáticos como la cinta de Möbius, sino que tiene algo que refleja el cada vez más complejo mundo de lo urbano, lo citadino.


Adaptada al cine nacional, Möbius es una película argentina de ciencia ficción de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera. Está basada en el presente cuento "A Subway Named Mobius", el cual ya había sido adaptado en la película alemana Möbius (1993); aunque el film incorpora una trama mucho más compleja en cuanto a personajes y situaciones, asimismo dándole un giro borgeano a la historia.